Gracias a la vida

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Yo estoy bien porque estoy vivo. ¿Qué cosa es más importante que estar vivo? Es poco común en nuestro cotidiano vivir que reconozcamos la vida. Vivimos arrastrados por lo que deseamos y no por lo que somos y tenemos. Nos olvidamos entonces que la vida es un tesoro. Y sólo cuando perdemos parte de ese tesoro, nos damos cuenta el tesoro que tenemos. Dice un dicho que, nos damos cuenta de lo bueno que tenemos cuando lo perdemos. Así pasa con la vida. Pasamos desapercibidos los ojos que tenemos hasta que perdemos la vista. Sin ella no podemos mirar el sol, las noches estrelladas, el paisaje, el mar, la lluvia, la luna, el color de las flores, de la rosa y el clavel y los anocheceres y atardeceres, el pájaro volar y el rostro de aquellos que nos quieren y queremos. No podemos mirar los labios que sonríen y el júbilo del que se alegra. Ni tampoco las miradas que penetran nuestro ser para amarrar el corazón con un flechazo de amor. No podemos ver el rostro feliz de la madre que nos ama, del fiel amigo o amiga. ¿Qué sería nuestra vida sin la vista? Sería una oscuridad, sin brillo ni color. ¿Cuántas cosas perderían sentido sin la vista? ¿Cuántas cosas son movidas en nuestro interior por el impacto de una mirada? Por eso tenía toda la razón Santa Teresa de Jesús cuando decía, que los ojos son las ventanas del alma. Muchas de las cosas que edifican nuestra conciencia entran por la vista. La deteriorada imagen del que sufre el abandono, envuelto en trapos sucios, y los esqueléticos cuerpos de los que son flagelados por el hambre, llegan a nuestra conciencia por el cristal de los ojos. Las imágenes de las masacres humanas, impulsadas por la desidia, el odio, el aventurerismo colonizador entran a nuestra conciencia cuando el velo de la vista se abre. Cuántas cosas serían a medias sin los ojos. Y las manos y los brazos. Las manos con que saludo, con que escribo una carta al ser que amo y con las que me visto, me baño y me llevo los alimentos a la boca para alimentarme. Qué sería sin mis manos y mis brazos para abrazar a los que quiero y así sentir su cercano afecto. Por eso abrazo a mi madre, mi padre, mi esposa, mis hijos y mis amigos. Qué insípido es un afecto sin un abrazo. No puedo dejar de mencionar mis pies. Mis pies que me sostienen. Sin ellos sería un gusano que se arrastra por el suelo. Los pies me llevan al trabajo, donde el amigo y me acercan a los que yo quiero. Sin ellos sería un ser estático, momificado y aislado sin conciencia de que me debo acercar a otros. Mi boca para alimentarme y expresar lo que pienso y lo que siento. Con labios para besar y decir  otros que los quiero. También quiero oír el canto de los pájaros, el murmullo de las aguas y de la canción que grita al amor y que denuncia el sufrimiento. Sin oír, camino sin rumbo como si otros no existieran. Al oír a otros sé que vivo con otros, para escuchar sus alegrías, quejas, dolores y llantos. ¡Gracias a la vida que me ha dado tanto!]]>

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