Winters aquí y allá: El otro lado

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Por: Anna Fernández Esta historia la publicamos hace siete años. Y queremos compartirla, porque la realidad hoy es tan dura y triste para las personas que se aventuran cruzar la frontera como hace siete años. El otro lado  se ha convertido en un término muy común que para muchos significa triunfos, oportunidades, comodidades, un estilo mejor de vivir, el sueño americano. Pero nadie se atreve a hablar sobre la injusticia inhumana que se vive al intentar cruzar para el otro lado. Tuve la oportunidad de participar en un programa por medio de la Institución La Sallista de Justicia Social en el estado de Arizona, en donde pasamos una semana explorando el tema de la inmigración por medio de diferentes puntos de vista. El punto de vista de la patrulla fronteriza, cortes federales, estudiantes de preparatoria y universitarios, rancheros, organizaciones samaritanas, y organizaciones que ayudan a los inmigrantes que recién han sido deportados.  Poder entrar y conocer el sistema de la patrulla fronteriza y la corte federal me dio mucho coraje. No entiendo, y creo nunca poder entender, la crueldad del sistema. Como hay trabajos a los cuales no les puedes poner compasión y amor. Vi a mis propios paisanos encerrados como animales, sin comer, sin bañarse, incomunicados de sus familias y en un estado físico y emocional muy bajo.  Conocí a cuatro estudiantes, quienes compartieron sus experiencias al vivir en una ciudad tan cercana a la frontera. Me recordaron que afortunada soy al tener una vocación como maestra en la cual les puedo dar mi apoyo, motivación y amor a ellos que no lo han podido encontrar en sus propias familias. Visitamos a un ranchero, el cual es dueño de un territorio de más de 400 mil hectáreas. Este territorio está localizado a lo largo del muro que divide México y Estados Unidos. El señor compartió sus experiencias sobre el  tema de inmigración. Él se ve divido entre querer proteger su propiedad y también ayudar a los inmigrantes que llegan en terribles estados físicos. Nos llevo a una área de su rancho, donde es conocido por ser un punto de descanso para muchos antes que el coyote los recoja. Los coyotes les exigen no traer nada con ellos y es allí donde dejan lo poco que traían. En unas horas recogimos montones de cosas. Vi mochilas, ropa, zapatos, libretas, botellas de agua, desodorantes, cepillos y documentos. Lo peor fue ver que así  como había artículos de adulto, había de niños también.  Conocí a una pareja que pertenece a una organización samaritana. Ellos se encargan de dejar jarrones de agua y ofrecen ayuda a los indocumentados perdidos en el desierto. Nos llevaron a una caminata de dos horas donde hacía un calor inmenso de más de 100 grados. Se sentía el calor pasar por las plantas de mis pies y todo se veía igual sin ningún camino que seguir. Fueron las dos horas más largas de mi vida, una experiencia que para muchos les toma desde ocho a quince días. Es muy difícil y muchos, desafortunadamente, no sobreviven. Ningún humano debería de morir de esta manera, especialmente solo, desconocido y a veces olvidado.  Después visite Nogales, México. La única ciudad en el mundo dividida por un muro. Caminamos por la ciudad hasta llegar al lugar donde dejan a los recién deportados. Al llegar, vimos un pasillo de 50 metros en forma de corral. Allí es donde la patrulla fronteriza vigila a los indocumentados y se aseguran de que estos entren a México y no intenten volver a entrar.  La imagen del trato de humano como animales no podía borrarse de mi mente. De allí, tuve la dicha de poder ir a ayudar en un “comedor.” Allí les dan de almorzar y cenar a 70 recién deportados. Pude platicar y interactuar con la gente más humilde y hermosa que he conocido y siempre estarán en mi corazón. Una de esas personas es Blas, quien fue deportado después de vivir 23 años en los Estados Unidos. Blas fue deportado a consecuencia de haber recibido una infracción por manejar en exceso de velocidad. Me dio las gracias por haberlo escuchado y platicar con él. Aunque no sé cuando lo vuelva a ver, se que nos volveremos a reunir por medio de oración cuando yo rece por él, y él por mí.  “Descubrí y vi con mis propios ojos las necesidades de los pobres, los jóvenes, y sus familias. Espero tener el ardor de la esperanza y la fuerza del amor para pelear por justicia, para formar parte de sus mundos, para entenderlos como amigos y no ser el juez quien los condene. Quiero transformar esta parte de la historia con ellos.” Y la situación sigue igual o peor.]]>

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